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Argelia: los occidentales ante el
velo.
Frantz Fanon
Las características de la ropa,
las tradiciones de la indumentaria y del arreglo, constituyen las formas de
originalidad más evidente, es decir, las más inmediatamente perceptibles de una
sociedad.
Los diversos tipos de sociedad se
conocen, en primer lugar, a través del vestido, por los reportajes y los
documentos fotográficos y por las películas cinematográficas. La pertenencia a
una área cultural determinada se manifiesta, frecuentemente, por las tradiciones
indumentarias de sus miembros. Por ejemplo, los turistas se fijan de inmediato,
en el velo con que se cubren las mujeres del mundo islámico. Durante mucho
tiempo se puede ignorar que un musulmán no consume carne de cerdo ni bebidas
alcohólicas, pero el velo de la mujer se muestra con tal insistencia que, en
general, es suficiente para caracterizar a la sociedad musulmana.
En el Occidente musulmán, el velo
forma parte de las tradiciones del vestuario de las sociedades nacionales
tunecinas, argelina, marroquí y libia. Para el turista, el velo caracteriza a la
vez a la sociedad argelina y a su componente femenino. Por el contrario, en el
hombre argelino podemos encontrar modificaciones regionales menores: fez en los
centros urbanos, turbantes y chilabas en el campo. El vestido masculino admite
cierto margen de variación, un mínimo de heterogeneidad. La mujer, vista a
través de su velo blanco, unifica la percepción que se tiene de la sociedad
femenino en Argelia.
Es evidente que nos encontramos
ante un uniforme que no tolera ninguna modificación, ninguna variante. Hay un
fenómeno que vale la pena recordar. Durante la lucha del pueblo marroquí contra
los colonialistas españoles y franceses y, principalmente, en las ciudades, el
velo negro se impuso sobre el blanco. Al nivel de los sistemas de significación,
es importante subrayar que el negro nunca ha expresado duelo o aflicción entre
la sociedad musulmana marroquí. Significo una aptitud de lucha: la adopción del
negro respondía al deseo de presionar simbólicamente al ocupante, por lo tanto
de escoger sus propios símbolos.
El velo o haik (versión magrebí
del hiÿab o chador) define con precisión a la sociedad argelina. Podemos quedar
indecisos y perplejos ante una niña, pero la incertidumbre desaparece en el
momento de la pubertad. Con el velo las cosas se precisan y ordenan. La mujer
argelina es, a los ojos del observador europeo, “la que se esconde detrás del
velo”.
Veremos que ese velo, uno de los
elementos de la tradición global del atuendo tradicional de los musulmanes, se
convirtió en motivo de una batalla grandiosa en ocasión de la cual las fuerzas
de ocupación movilizaron sus recursos más poderosos y diversos, y el colonizado
desplegó una sorprendente fuerza de inercia. La sociedad colonial, tomada en su
conjunto, con sus valores, sus líneas de fuerza y su filosofía, reacciona de
manera bastante homogénea frente al velo. Antes de 1954, y más exactamente
después de los años 1930-1935, se libró el combate decisivo. Los responsables de
la administración francesa en Argelia, empeñados en la destrucción de la
originalidad del pueblo, encargados por el poder de intentar a cualquier precio
la desintegración de las formas de existencia susceptibles de evocar una
realidad nacional, aplicaron el máximo de sus esfuerzos para destruir la
costumbre del velo, interpretada para el caso como símbolo del status de la
mujer argelina. Esa posición no fue consecuencia de una intuición fortuita. Con
apoyo en los análisis de los sociólogos y etnólogos, los especialistas en los
llamados asuntos indígenas y los responsables de las secciones árabes,
coordinaron su trabajo. En un primer nivel, se manipulo simple y llanamente la
famosa fórmula: “conquistemos a las mujeres y el resto se nos dará por
añadidura”. Esta racionalización se contenta simplemente con revestirse de una
apariencia científica al utilizar los “descubrimientos” de los sociólogos.
Entre las “cosas incomprensibles”
del mundo colonial, se mencionaba frecuentemente el caso de la mujer argelina.
Los estudios de sociólogos, islamólogos y juristas, abundan en consideraciones
sobre la mujer argelina. Descrita a veces como esclava del hombre, o como
soberana incontestada del hogar, el status de la mujer argelina ha intrigado a
los teóricos. Otros, igualmente autorizados, afirman que la mujer argelina
“sueña con liberarse”, pero que un patriarcado retrógrado y sanguinario se opone
a ese deseo legítimo. La lectura de los últimos debates de la Asamblea Nacional
Francesa indica la importancia que se atribuye al conocimiento articulado del
“problema”. La mayoría de quienes intervinieron en la discusión evocó el drama
de la argelina y reclamaron su solución. Agregaron que este era el único medio
de desarmar la rebelión. Es un hecho constante que los intelectuales
colonialistas transforman el sistema colonial en un “caso sociológico”. Este
país, se afirma, exigía, solicitaba la conquista. Así, para invocar un ejemplo
célebre, se ha descrito un pretendido complejo de dependencia de Madagascar.
Se dice que la mujer argelina es
“inaccesible, ambivalente, con ingredientes masoquistas”, y se aportan hechos
concretos para demostrar estas características. La verdad es que el estudio de
un pueblo ocupado, sometido militarmente a una dominación implacable, exige
garantías que sólo difícilmente se reúnen. No sólo se ha ocupado el suelo, los
puertos y los aeródromos. El colonialismo francés se ha instalado en el centro
mismo del individuo argelino y ha emprendido un trabajo sostenido de
“pulimento”, de divorcio de sí mismo, de mutilación racionalmente perseguida.
No existe la ocupación de la
tierra junto a la independencia de las personas, Es la totalidad del país, su
historia, su pulso cotidiano los que han sido negados, desfigurados, con la
esperanza de una definitiva anulación. En estas condiciones, la respiración del
individuo es una respiración que se espía, ocupada. Es una respiración de
combate. A partir de este momento, los valores reales de los ocupados pasan muy
pronto a existir clandestinamente. Frente al ocupante, el ocupado aprende a
esconder, a ser astuto. Al escándalo de la ocupación militar, opone el escando
del aislamiento. Es mentira todo encuentro del ocupado con el ocupante.
Por debajo de la organización
patriarcal de la sociedad argelina, los especialistas describen la estructura de
un matriarcado. La sociedad musulmana ha sido presentada frecuentemente por los
occidentales como una sociedad de la exterioridad, del formalismo, del
personaje. La mujer musulmana, intermediarias entre las fuerzas oscuras y el
grupo, parece entonces cobrar una importancia primordial. Detrás del patriarcado
visible y manifiesto, se afirma la existencia, más radical, de un matriarcado de
base. El papel de la mujer, el de la abuela, el de la tía, el de la “anciana”,
es inventariado y precisado.
En aquel momento, la
administración colonial pudo definir una doctrina precisa: “si deseamos atacar a
la sociedad argelina en su contexto más profundo, en su capacidad de
resistencia, debemos en primer termino conquistar a las mujeres; es preciso que
vayamos a buscarlas detrás del velos en que se esconden, en las casas donde las
oculta el hombre”. La situación de la mujer es lo que desde aquel momento se
convierte en un objetivo de la acción. La administración dominante se propone
defender solamente a la mujer humillada, eliminada, enclaustrada... Se describen
las posibilidades inmensas de la mujer, desgraciadamente transformadas por el
hombre argelino en un objeto inerte, devaluado y hasta deshumanizado. El
comportamiento del argelino es denunciado enérgicamente y comparados con las
costumbres medievales y bárbaras. Con una ciencia infinita, se lleva a cabo la
requisitoria tipo contra el argelino sádico y vampiro en su actitud hacia las
mujeres. El ocupante acumula sobre la vida familiar del argelino un conjunto de
juicios, apreciaciones y consideraciones; multiplica las anécdotas y los
ejemplos edificantes, intentando así encerrar al argelino en círculo de
culpabilidad.
Las asociaciones de ayudas y
solidaridad con las mujeres argelinas se multiplican. Las lamentaciones se
organizan. “Queremos avergonzar al argelino por la suerte que le impone a la
mujer”. Es el periodo de efervescencia y puesta en práctica de una técnica de
infiltración que arroja jaurías de trabajadores sociales e impulsoras de obras
de beneficencia a los barrios musulmanes. Primero se intenta el abordaje de las
mujeres indigentes y hambrientas. A cada kilo de sémola distribuida, se añade
una dosis de indignación contra el velo y el encierro. A la indignación siguen
los consejos prácticos. Se invita a la mujer argelina a jugar “un papel
fundamental, capital” en la transformación de su destino. Se las incita a
rechazar una sujeción religiosa y se describe el papel inmenso que están
llamadas ha desempeñar. La administración colonial invierte sumas importantes en
ese combate. Después de afirmar que la mujer represente el pivote de la sociedad
argelina, se despliegan todos los esfuerzos para controlarla. Se asegura que el
argelino permanecerá inmóvil, que resistirá a la empresa de destrucción cultural
llevada a cabo por el ocupante, que se opondrá a la asimilación en tanto la
mujer no modifique su conducta. En el programa colonialista, la mujer esta
encargada de la misión histórica de desviar y empujar al hombre argelino.
Convertir a la mujer, ganarla para los valores extranjeros, arrancarla de su
situación es a la vez conquistar un poder real sobre el hombre y utilizar medios
prácticos y eficaces para destruir la cultura argelina.
Todavía hoy, en 1959, el sueño de
la domesticación total de la sociedad argelina, con ayuda de las “mujeres sin
velos y cómplices del ocupante”, no ha dejado de preocupar a los responsables
políticos de la colonización. Los argelinos, por su parte, son blanco de las
críticas de sus camaradas europeos, o más oficialmente de sus patrones. No hay
un solo trabajador europeo que, en las relaciones interpersonales del lugar del
trabajo, del taller o la oficina, no le haya formulado al argelino las
cuestiones rituales: “¿tu mujer usa el velo? ¿Por qué no te decides a vivir a la
europea?...”
Los empresarios europeos no
se contentan con la actitud interrogativa o la infiltración circunstancial. Sino
que emplean “maniobras de apache” para acorralar al argelino, exigiéndole
decisiones penosas. Con motivo de una fiesta europea de Navidad o Año Nuevo, o
simplemente una reunión interior de la empresa, el patrón invita al empleado
argelino y a su mujer. La invitación no es colectiva. Cada argelino es llamado a
la oficina del director y se le invita personalmente a venir con “su pequeña
familia”. La empresa es una gran familia, entonces será mal vista que algunos
vengan sin sus esposas, ¿usted comprende no es cierto?. A veces el argelino pasa
por momentos difíciles frente a esta presión. Acudir con su mujer significa que
esta derrotado, significa “prostituir a su mujer”, exhibirla, abandonar una
modalidad de resistencia. Por otro lado, ir solo significa negarse a satisfacer
los deseos del patrón y exponerse a quedarse sin empleo. Aquí estudiamos un caso
elegido al azar, el desarrollo de las emboscadas que el europeo le tiende al
argelino para acorralarlo y obligarlo a personalizar, a declarar: “mi mujer es
algo a parte y no vendrá”, o a traicionar: “puesto que desea verla aquí estará”;
el carácter sádico y perverso de estas ligas y relaciones, mostraría
indirectamente, al nivel psicológico, la tragedia de la situación colonial, el
enfrentamiento de los dos sistemas, la epopeya de la sociedad colonizada con sus
formas específicas de existencia, frente a la hidra colonialista. Esta
agresividad es mucho más intensa respecto al intelectual argelino. El fallah (el
campesino argelino), “esclavo pasivo de un grupo rígido”, merece cierta
indulgencia de juicio por parte del conquistador. Por el contrario, el abogado y
el médico son denunciados con un vigor excepcional. Estos intelectuales, que
mantienen a sus mujeres en un “estado de semiesclavitud”, se ven literalmente
fulminados por la opinión pública. La sociedad colonial se levanta enérgicamente
contra este aislamiento de la mujer argelino. Hay inquietud y preocupación por
esas desgraciadas y condenadas “a hacer niños”, enclaustradas y prohibidas.
Los racionamientos racistas se
aplican con particular facilidad al intelectual argelino. Se dirá: “por médico
que sea sigue siendo árabe”... “volvedle a su naturaleza y de nuevo galopará por
el desierto”... Los ejemplos de este racismo pueden multiplicarse
indefinidamente. En las grandes reuniones es muy común escuchas a algún europeo
que confiesa agriamente no haber visto jamás a la mujer de una argelino a quien
frecuenta hace veinte años. A un nivel de compresión más difuso, pero altamente
revelado, encontramos la afirmación amarga de que “trabajamos en vano”... de que
“el Islam no abandona su presa”.
Al presentar al argelino como una
presa que se disputan con igual ferocidad el Islam y Francia occidental, se
revelan con toda claridad las intenciones del ocupante, su filosofía y política.
Esto significa, en efecto, que el ocupante descontento con sus fracasos,
presenta de manera simplificada y peyorativa el sistema de valores que le sirve
al ocupado para ocuparse a sus innumerables ofensivas. Lo que significa voluntad
de singularización, preocupación por mantener intactos algunos jirones de la
existencia nacional y religiosa, se identifica con actitudes mágicas o
fanáticas. Esta repulsa del conquistador asume, según las circunstancias o los
tipos de situación colonial, formas originales. Las fuerzas de ocupación, al
aplicar intensamente su acción psicológica sobre el velo de la mujer musulmana,
es evidente que cosecharon algunos resultados. A veces ocurrió que se “salvara”
una mujer que, simbólicamente, se quitó el velo. Estas mujeres-test con el
rostro desnudo y el cuerpo libre, circulan ahora como moneda corriente en la
sociedad europea de Argelia. Alrededor de dichas mujeres reina una atmósfera de
iniciación. Los europeos, sobreexcitados por su victoria y en una espacie de
trance que se apodera de ellos, evocan los fenómenos psicológicos de la
conversión.
Los responsables del poder,
después de cada éxito, refuerzan su confianza en la mujer argelina como soporte
de la penetración occidental en la sociedad autóctona. Cada velo que cae
descubre a los colonialistas horizontales hasta hoy prohibidos, y les muestra,
por otra parte, la carne argelina desnuda. La agresividad del ocupante, y por lo
tanto sus esperanzas, se multiplica después de cada rostro descubierto. Cada
nueva mujer argelina que abandona el velo anuncia al invasor una sociedad
argelina cuyo sistema de defensa están en vías de dislocación, abiertos y
desfondados. Cada velo que cae, cada cuerpo que se libera de la sumisión
tradicional al haik, cada rostro que se ofrece a la mirada audaz e impaciente
del ocupante, expresa negativamente que Argelia empieza a renegar de sí misma y
que acepta la violación del colonizador. La sociedad argelina, con cada velo
abandonado, parece aceptar el ingreso a la escuela del amo y decidir la
transformación de sus costumbres bajo la dirección y el patrocinio del ocupante.
Hemos visto de qué manera perciben
el significado del velo la sociedad colonial, y hemos trazado la dinámica de los
esfuerzos para combatirlo en tanto intuición, así como las resistencias de la
sociedad colonizada. Al nivel de individuo, del europeo particular, puede ser
interesante estudiar la multitud de reacciones surgidas por la existencia del
velo, es decir, por la manera original que tiene la mujer musulmana de estar
presente o ausente. En un europeo no comprometido directamente en esta obra de
conversión ¿que reacciones pueden registrarse?
La actitud dominante parece ser la
de un exotismo romántico fuertemente teñido de sensualidad. En primer lugar, el
velo disimula la belleza. En los tranvías, en los trenes, una trenza de caballo,
una porción de frente, anunciadoras de un rostro “enloquecedor”, alimentan y
refuerzan la convicción del europeo en su actitud irracional: la mujer musulmana
es la reina de las mujeres. Sin embargo, también existe en el europeo la
cristalización de la agresividad, de una violencia tensa frente a la mujer
musulmana. Despojar de su velo a esta mujer es exhibir la belleza, desnuda su
secreto, rompe su resistencia, hacerla disponible para la aventura. Ocultar su
rostro significa disimular su secreto, provocar un mundo de misterio y
ocultamiento, el europeo sitúa en un nivel muy complejo su relación con la mujer
musulmana. Quisiera tener esa mujer a su alcance y convertirla en un eventual
objeto de posesión.
Esta mujer que ve sin ser vista
frustra al colonizador. No hay reciprocidad. Ella no se exhibe, no se da, no se
ofrece. El argelino, respecto a la mujer argelina, tiene en conjunto una actitud
clara. No la ve. Incluso existe la voluntad permanente de no observar al perfil
femenino, de no poner atención a las mujeres. No hay en el argelino, en una
calle o en un camino, esta conducta del encuentro intersexual que se desarrolla
a nivel de la mirada, de la prestancia, de la musculatura, de los diferentes
comportamientos turbados a que nos tiene acostumbrados la fenomenología del
encuentro.
El europeo, frente a la mujer
musulmana, desea ver. Y reacciona de manera agresiva ante este límite que se
pone a su percepción. También aquí la frustración y la agresividad evolucionan
en perfecta armonía. La agresividad estalla, ante todo, en actitudes
estructuralmente ambivalentes y en el material onírico que indiferentemente
descubrimos en el europeo normal o víctima de perturbaciones neuropáticas.
Las mujeres europeas resuelven el
conflicto con mucha menos preocupación. Afirman perentoriamente que no se
disimula lo que es bello, e interpreten este hábito extraño como una voluntad
“muy femenina” de disimular las imperfecciones. Y comparan la estrategia de la
europea que tiene por objeto corregir, embellecer, poner de relieve (la
estética, el peinado, la moda) con la de la mujer musulmana, que prefiere
cubrir, esconder, cultivar la duda y el deseo del hombre.
La historia de la conquista
francesa en Argelia, se relata la irrupción de las tropas en las ciudades, la
confiscación de los bienes y la violación de las mujeres, el saqueo de un país,
ha contribuido al nacimiento y a la cristalización de la misma imagen dinámica.
La evolución de la libertad que se concede al sadismo del conquistador, a su
erotismo, crea, al nivel de los estratos psicológicos del ocupante, fallas,
zonas fecundas de donde pueden surgir a la vez conductas oníricas y en ciertos
casos comportamientos criminales.
Así, la violación de la mujer
musulmana en el sueño de un europeo, está precedida siempre por el
desgarramiento del velo. Asistimos a una doble desfloración. Cada vez que el
europeo se encuentra a la mujer musulmana en sus sueños eróticos, se manifiestan
las particularidades de sus relaciones con la sociedad colonizada. Sus sueños no
se desenvuelven ni en el mismo plan erótico, ni al mismo ritmo de los que se
refieren a la europea. Con la mujer musulmana, no hay conquista progresiva,
revelación recíproca, sino una acción súbita con el máximo de violencia,
posesión, violación, casi asesinato. El acto reviste una brutalidad y un sadismo
casi neurótico, incluso en el europeo normal. Por otra parte, la brutalidad y el
sadismo se subrayan por la actitud atemorizada de la mujer musulmana. En el
sueño, la mujer-victima grita, se debate como una alimaña, y desfalleciente y
desvanecida, es penetrada, desgarrada. La agresividad del europeo se manifiesta
igualmente en sus consideraciones sobre la normalidad de la mujer musulmana. Su
timidez y su reserva se transforman, según las leyes superficiales de la
psicología conflictiva, en lo contrario, y entonces la mujer musulmana será la
hipócrita, perversa, y hasta auténticamente ninfómana.
Hemos visto que la estrategia
colonial de la disgregación de la sociedad argelina, al nivel de los individuos,
concede un lugar de privilegio a la mujer musulmana. El encarnizamiento del
colonialista, sus métodos de lucha, es natural que provoquen en el colonizado
actitudes de reacción. Frente a la violencia del ocupante, el colonizado está
obligado a definir su posición de principio frente a un elemento
tradicionalmente inerte de la configuración cultural autóctona.
El afán rabioso del colonialista
por despojar de su velo a la mujer musulmana, y su decisión de ganar a toda
costa la victoria del velo, provocan la respuesta del autóctono. Aquí,
encontramos una de las leyes de la sicología de la colonización. En un primer
momento, la acción y los proyectos del ocupante determinan los centros de
resistencia en torno a los cuales se organiza la voluntad de afirmación de un
pueblo.
El blanco era el negro. Pero es el
negro quien crea la negritud. A la defensiva colonialista sobre el velo. Lo que
era un elemento diferenciado en un conjunto homogéneo, adquiere un carácter
tabú; la actitud de las argelinas frente al velo se interprete como una actitud
global frente a la ocupación extranjera. El colonizado frente a la acción del
colonialista en tal y cual sector determinado, la afectividad inversa del
conquistador en su trabajo pedagógico, en sus ruegos, en sus amenazas, dejen
alrededor del elemento privilegiado un verdadero universo de resistencia.
Resistir al ocupante en este terreno preciso significa infligirse una derrota
espectacular, y sobre todo mantener la “coexistencia” dentro de sus dimensiones
de conflicto y guerra latente. Es alimentar una atmósfera de paz armada.
La argelina como sus hermanos,
había montado minuciosamente los mecanismos de defensa que le permiten hoy
desempeñar un papel capital en la lucha liberadora. Pero todavía será necesario
aprender una nueva técnica: llevar bajo el velo un objeto pesado, “muy peligroso
de manipular”, y dar la impresión de tener las manos libres, que no hay nada
bajo el velo sino una pobre mujer o una joven insignificante. No se trata sólo
de cubrirse con el velo. Es preciso adoptar un tal “aire de Fátima” que
tranquilice al soldado porque “esta no es capaz de hacer nada”. Es bien difícil.
Además, están los policías que interpelan a escasos metros una mujer con velo
que no parece particularmente sospechosa. Y está la bomba; por la expresión
patética del responsable sabemos que se trata de eso, o de la bolsa de granadas,
ligadas al cuerpo por un sistema de cordones y correas. Porque las manos deben
quedar libres, para exhibirlas desnudas, para presentarlas humildes y
sencillamente a los militares para que no busquen más. Mostrar las manos vacías
y aparentemente móviles y libres es el signo que desarma al soldado enemigo.
Ahora bien, el invasor ha sido
avisado y en las calles se presenta el cuadro clásico de las mujeres argelinas
detenidas contra los muros, sobre cuyos cuerpos se deslizan incansablemente los
famosos detectores magnéticos llamados popularmente “sartenes”. Todas las
mujeres con velo, todas las argelinas son sospechosas. No hay discriminación. Es
el período durante el cual los hombres, las mujeres, los niños, todo el pueblo
argelino vive a la vez su unidad, su vocación nacional y el crisol de la nueva
sociedad argelina.
Ignorando o simulando ignorar esta
nueva conducta, el colonialismo francés reinicia el 13 de mayo de 1959 su
clásica campaña de occidentalización de la mujer argelina. Muchachas del
servicio doméstico amenazadas con perder su trabajo, pobre mujeres arrancadas de
sus hogares son conducidas a la plaza pública y despojadas simbólicamente de sus
velos al grito de: “¡Viva Argelia francesa!”. Espontáneamente y sin consignas,
las mujeres argelinas, que desde hace tiempo abandonaron el velo, vuelven a usar
el haik, afirmando así que no es verdad que la mujer se libera por una simple
invitación de Francia y del general De Gaulle. El colonialismo quiere que todo
emane de él. Pero la tendencia psicológica dominante del colonizador es la de
endurecerse frente a cualquier invitación del conquistador. Desde el 13 de mayo
se vuelve a usar el velo, pero definitivamente despojado de su dimensión
exclusivamente tradicional. Existe, por lo tanto, un dinamismo histórico del
velo que se percibe en forma muy concreta, en el desarrollo de la colonización
de Argelia. Al principio, el velo es un mecanismo de resistencia, pero para el
grupo social continúa fuertemente arraigado. Se usa por tradición, pero también
porque el ocupante quiere desvelar a Argelia. Lo que había sido preocupación de
conducir al fracaso las ofensivas psicológicas o políticas del ocupante, se
convierte en medio, en instrumento. El velo ayuda a la argelina para responder a
los nuevos interrogantes planteados por la lucha.
El amor ardiente de la mujer
musulmana por su hogar no es una limitación del universo. No es odio al sol, a
las calles o a los espectáculos. No es una fuga del mundo. En condiciones
normales, debe existir una doble corriente entre la familia y el conjunto
social. El hogar funda la verdad social, pero la sociedad autentifica y legitima
a la familia. La estructura colonial es la negación misma de esta recíproca
justificación. La mujer argelina, al restringirse, al elegir una forma de
existencia limitada en el espacio, afianzaba su conciencia de lucha y se
preparaba para el combate. En este encerrarse en el hogar, acompañado de la
negación de una estructura impuesta; este repliegue sobre el núcleo fecundo que
representa una existencia recogida pero coherente, constituyó durante mucho
tiempo la fuerza fundamental del ocupado. Sólo la mujer, con ayudas de técnicas
concientes, puede iniciar la articulación de ciertos dispositivos. Lo esencial
es que el ocupante se estrelle contra un frente unificado. De ahí el carácter
esclerótico que debe resistir la tradición.
Fuente:
Sociología de una revolución, publicado en
México. Frantz Fanon.
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